Treinta y Dos Kilos – Ivonne Thein

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Las siguientes fotografías provienen de la serie «Treinta y dos kilos» de Ivonne Thein. Se ocupa del esfuerzo patológico de hombres y mujeres jóvenes a ser extremadamente delgados. Son catorce cuadros que evocan enfermedad, dolor, desamparo y tristeza. Algunas tomas tienen incluso vendajes médicos. No se les ve la cara, con el claro propósito de no revelar identidades, tan solo el sufrimiento de cualquier persona atrapado en un cuerpo idealizado.

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Los antecedentes de este trabajo parten de un fenómeno que surgió en los EU ya en la década de los noventa con el movimiento de Internet «Pro Ana», que eleva la anorexia nerviosa a la condición de un nuevo estilo de vida positivo para las mujeres jóvenes.

Internet se ha convertido en el hogar virtual para las diversas comunidades, no definidas como grupos de autoayuda para quienes sufren de trastornos de la alimentación. Por el contrario, apoyan el deseo de perder peso, alentando consignas de  ayuda a las niñas para lograr los cuerpos perfectos de sus sueños. En estos centros, este ideal del cuerpo extremo es ilustrado con abundante material visual. Los modelos se celebran en personajes femeninos anorexicos, encarnando la conexión entre el cuerpo físico en extremo control y una vida más feliz y más exitoso. Los riesgos de salud de este estilo de vida desaparecen de la vista. Thein, no uso  a una modelo anoréxica, las fotos fueron manipuladas digitalmente.

En El Vino y la Hiel, Agustin Cadena reflexiona sobre estas imágenes:

Desde el siglo XVIII, dice Mario Praz, cierto tipo de libertinos encuentra insípida la belleza si no está impregnada d’un air de corruption. El descubrimiento de la fealdad —explica— “como fuente de deleite y de belleza terminó por actuar sobre el mismo concepto de belleza: lo horrendo pasó a ser, en lugar de una categoría de lo bello, uno de los elementos propios de la belleza.” Para los románticos, ciertamente, la hermosura de una mujer parece aumentar justo gracias a aquellas cosas que deberían contradecirla: lo horrendo. Surge así el culto gótico y decadentista de las bellezas pálidas, tísicas o cadavéricas: la belleza más alta es la de la juventud tocada en flor por la garra de la muerte. Así lo dice Edgar Poe en La filosofía de la composición. Gracias a la muerte o, en un primer efecto, a la enfermedad, la gloria del alma femenina, realmente espiritualizada, se hace manifiesta en la carne.

El hombre romántico, en general, anhelaba la paz de la tumba. Espiritualizó así el sádico y exquisito placer estético del sufrimiento humano. Se trataba, posiblemente, de afirmar la autonomía absoluta del yo por medio de una conciliación entre la voluntad y lo inevitable. El romántico estaba obsesionado con la evidencia de su mortalidad; se sentía o se sabía herido de muerte desde su cuna. Fascinado por el Demonio y por el Infierno, ya no esperaba el Cielo cristiano sino otra clase de recompensa: la gloria de hallar el fin del héroe cósmico, del transgresor, del despreciador de la vida. Esta aristocracia espiritual se manifestaba exteriormente como una forma refinada de estoicismo: el spleen, mal du siécle o Weltschmerz. Envolvió entonces, en el manto vaporoso de su poesía, la tuberculosis, la enfermedad en general junto con algunos de sus signos externos: la palidez, la fiebre, la delgadez extrema. La verdadera belleza estaba en la beauté malade que Baudeleaire tomó, para consagrarla, precisamente, de Edgar Poe. Su ideal estético es reductible a una imagen: la joven que en la primavera de su vida lleva marcadas las uñas de la muerte.

+info: http://www.ivonnethein.com/