David Blázquez: Mobiliario Urbano

Vía: elfotomata.com

“El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son, en tanto que son,
y de las que no son, en cuanto que no son.”
Protágoras, s. V a. C.

Atractivo e inquietante son dos adjetivos que encajarían bien en la obra que David Blázquez presenta estos días en la sala El Fotómata, convirtiendo el espacio en un ámbito que parece trascender más allá de la realidad.

Quién no ha tenido alguna vez la sensación de ser observado por algo o por alguien cuando estás a solas en una habitación. La mesa, el aparador, acaso la lámpara pasan de ser inanimados objetos a convertirse en fantasmales vigías que escrutan nuestra presencia. ¿O tal vez fuera al revés? La visión onírica y surreal de la realidad vista a través del objetivo del fotógrafo, trasforma en objeto los cuerpos ya inertes y despoja de cualquier rastro de vida al sujeto, convertido ahora en el repertorio mobiliar que acompaña nuestro discurrir cotidiano.

Otros artistas han tenido antes la tentación de convertir el cuerpo humano en atrezzo de un sugerente interiorismo de fantasías. Entre los más cercanos están las propuestas del británico Allen Jones a final de los años sesenta del pasado siglo, con una estética que nos sumerge en el imaginario del Pop Art, y que en el continente europeo se muestra mucho más proclive a la obsesión erótica que en el contexto americano. El fetichismo y la connotación sádica de Jones remite a un universo que interpela al espectador de manera muy directa y, tal vez, ironiza sobre las limitaciones del erotismo en la sociedad contemporánea.

En la obra de David Blázquez no se trata de interpelar al público. En todo caso, hay más bien un ejercicio de introspección y la intención de re-presentar-se como individuo trasformado en objeto. Dos elementos son clarificadores: el desnudo y el autorretrato. El primero es el que más nos sumerge en el reino de Morfeo donde la ausencia de prejuicios permite, con la verosimilitud del lenguaje fotográfico, utilizar el desnudo con una libertad ajena a las ataduras de lo moral, al decoro o a lo socialmente establecido. En cuanto al protagonismo del propio artista, es más revelador aún. Siempre somos el actor principal en nuestros sueños. En ocasiones no distinguimos el rostro de quien conforma ese mobiliario hasta que nos percatamos de que es uno mismo. Y en el fondo somos capaces de interpretar todos los papeles. Nuestra imagen se multiplica y de forma increíble se trasforma en ese objeto que vigila nuestra propia vida: en la medida de todas las cosas.
Ricardo León Moro